Sonó mi reloj pulsera, eran las 7:30 am y estaba en mi bolsa de dormir esperando levantarme. Estaba sumamente cansado luego de haberme acostado muy tarde consecuencia de compartir con mis amigos horas de trasnoche en el amplio campo de estrellas de la cancha de la escuelita de Acoyte.
Esa noche, como tantas otras de años anteriores, era el bautismo de aquellos que por primera ves vivían ese lugar de profundo silencio y oscuridad pero a la ves de intenso brillo en la boveda celeste. Nos habíamos acostado tarde, no sé, erán las 2:00 o 3:00 am, no recuerdo. Sólo sé que como siempre, muchos de los que yá eramos veteranos en estos viajes, nos complotamos para hacer algunas bromas a los mas nuevos aprovechándonos de las condiciones del lugar; noche oscura, silencio absoluto, la oscura silueta del imponente cerro de Acoyte al frente de la escuela y los inumerables mitos y leyendas que de alli conocíamos o habíamos escuchado. "La novía sin cabeza", "La tropilla fantasma", "El cementerio" y todo aquello que se nos ocurría inventar. Luego del verdadero susto que algunos pasaron y del que otros nos hicieron creer que sufrieron, traté que nos acostáramos. Es dificil dar una órden luego de ser el lider de una broma. Sin embargo el ser estricto en situaciones que así lo requieren y estar en medio de otras como ésta de total descontrol, no me resultaron nunca incompatibles. En general todos siempre supieron reconocer cuando hay que recatarse y cuando divertirse. Es el perfil de quien lidera un grupo, mantener un fragil equilibrio entre el autoritarismo y el compartir y divertirse con todos por igual.
Costo que me durmiera, muchos seguían dando vueltas por la exitación de estar allí y producto de las bromas. Además mi bolsa de pluma de duvet hacía que no encontrara la temperatura adecuada para dormirme, tenía mucho calor. No sé cuanto es lo que dormí pero lo que sí sabía es que me tenía que levantar porque mi objetivo era escalar el gigante de 3600 mt snm que me había mirado desafiante durante años antes y todo el día anterior.
Era un fuerte magnetismo, así que sin sentir el mínimo cansancio, me levante sin hacer ruido, quería fugarme sólo. Fuí a la cocina de la escuelita de Acoyte, herví agua y desayuné un café con leche con panecillos caceros con un cierto gusto a anís. Luego busqué en el depósito algo que llevarme para comer durante el ascenso y encontré pan cacero, latas de paté y un salamín casero. Me procuré dos litros de agua mineral, cargué todo en la mochila, me calcé las botas y me aseguré tener carga en el pack del handy que llevaba. El otro intercomunicador se lo dejé a Carlitos uno de los que viajaba con migo en el rol de mayor acompañanate, personaje éste, del que yá escucharán en muchas de estas narraciones.
Así salí de la escuela, no recuerdo pero serían las 8:00 u 8:15 am. Bajé hasta el rio de Acoyte y ahí me saque las botas para cruzar los dos o tres brazos que se separaban en todo el ancho del lecho y que en verano se llena de banda a banda. Crucé el rio y avancé entre la colada de la quebrada que justo está frente a la escuela y que me llevaba al filo que comenzaba a subir el gigante de Acoyte. Seguí por la quebrada hasta que encontré una picada que subía al filo del cerrro, empezó mi ascenso.
La pendiente era continua, podría decir que en casi 35°. Por suerte tenía mis bastones, ellos siempre me acompañaron desde mis primeras ascenciones al Lanin, al Aconcagua y a muchas otras montañas en esta zona. Luego de casi una hora de ascenso decidí hacer mi primer descanso a la sombra de un arbusto, eran como las 9:30 y el sol ya empezaba a pegar. Me hidraté un poco y seguí. Subí hasta un filo y montandome sobre el mismo seguí sobre él en dirección norte, caminando hasta que encontre una pirca y una casita típica de la zona; adobe y paja.
Alli la ví, sentada en el umbral de la puerta de su casa sobre un cajoncito de madera mullido por un cuero de cabra. "Buenas...", salude. "Buenas...", contestó. Era Dionisia Tolaba. Transcribir nuestra conversación sería dificil porque hablaba un castellano entremezclado con quechua, tal que, si me costó entenderle algunas cosas, imposible sería poder transcribir literalmente y en este dialecto toda la conversación. Dionisia era una mujer que aprentaba unos setenta y pico de años sin embargo me admiró saber que no pasaba de los cincuenta, rastro de como la vida desgasta en estos lugares a quienes deben sobrevivirla.
Dionisia vivia sóla en ese paraje desde hacía mas de treinta años, época en que quedó viuda. Sóla a 2975 mt snm, a mas de dos horas y media caminando en ascenso desde la Escuela de Acoyte (el lugar mas cercano con población estable) y a mas de cuatro horas del pueblo cabecera , Santa Victoria Oeste. Me sorprendió como podía sobrevivir en ese lugar sola y en esas condiciones. Lo primero que le pregunté luego de saber cuanto hacía que vivia ahí, fue "...¿porque tanto tiempo sola y en ese lugar?". La respuesta fue inesperada pero simple; "desde aquí puedo ver todo lo que pasa y quien viene...". Nada mas convincente.
Estaba masticando hojas de coca haciendo el típico acuyico, macerándola con bicarbonato. Me ofrfeció y acepté. Ya después de tantos viajes, me acostumbré a este amargo sabor que les permite a los originarios sobrevivir la vida en estos parajes. Me siguió contando su vida; se levantaba a las 5:00 am tomaba unos mates con pan casero y sacaba del corral de pirca a las pocas cabras que tenía para pastar a mayor altura, casi cerca de la cumbre de el cerro que estaba intentando la cumbre ese día. Allí pasaba el día sin comer, engañando su estómago con las hojas de coca o a lo sumo con un poco de pan de días anteriores. Por la tarde regresaba los animales y se preparaba para una cena frugal, algo de caldo, charque y pan. Luego a dormir sobre un colchón y cueros.
Le pregunté si bajaba al pueblo o al rodeo de enfrente (Acoyte) y me dijo que no, que rara ves, que ni siquiera cuando estuvo fracturada de una pierna tres meses sin moverse había bajado. En esa situación la ayudó un bis nieto de 9 años que le traía comida y la ayudaba a moverse. Realmente no podía creer todo lo que escuchaba. Me contó: "....mis compañeros de día son el cerro, los animales y el viento", "........ellos me hablan" , "....las estrellas, la luna y los duendes son mi compania en la noche, ellos a veces no me dejan dormir y los perros ladran mucho cuando están cerca". Con todo esto creo que mi pregunta salió sola; "....¿y le gusta estar así?, ¿acá?". ".....Mi hjito, ¿no ves que estoy acá?". A pregunta tonta, respuesta simple, para que se entienda, ¿no?.
Ya estaba recuperado como para seguir subiendo y le pregunte datos como para asegurarme no perder la senda y las respuestas siguieron siendo contundentes, tal que, me hicieron sentirme ridículo por preguntar. "....se sube por todos lados, eso sí!, no se equiboque al bajar....." respondió a mis preguntas. Para qué lo habrá vaticinado, creo que desde esa vez siempre subo y siempre bajo pero por otro lado, aún con el instrumento de orientación mas sofisticado. Cuando me iba me pidió si le hacia un favor. "Por supuesto que sí....", contesté, "...¿que necesita?". Me alcanzó una botellita plástica de una gaseosa con "chicha" y me dijo "....cuando llegue arriba, haga un pozito en la tierra, tome un trago y escupa adentro. Pida lo que quiera y agradezca por mí a la pachamama" . Tomé la botelita, asentí con la cabeza, la saludé con la mano y le pedí si nos sacabamos una foto. Puse la cámara en automático y lo hice. Como muchas otras veces me ocurrió con otras personas de la zona, me pidió que si al año subía de nuevo, le llevara la foto. "...por supuesto" le dije, sin saber que al año lamentablemente cuendo volviera a subir la casa de Dinisia estaría ahí, pero ella nó.
Ya había empezado a caminar hacia la cumbre y me dí vuelta para mirarla por úlima ves sin saberlo, y casi sin pensar, sólo para intentar una forma de que no se sintiera tan sola le dije: ".... ¿necesita algo?, ¿quiere que para el año le traiga algo?". Tardó unos segundo en responderme y como acomodando su acuyiko, tomó aire y me respondió: "....nó mi hijo, no necesito nada, ¿no vés que tengo todo?, soy dueña de mi casa, de mis animales y de estar sola". Así dejé a doña Dionisia, sóla dueña de su propia soledad pero tranquila, en paz con ella.
Esa fue mi primera experiencia en el gigante de Acoyte, de allí en mas todos los años lo subo, sólo o con alguno a quien le quiero dar el privilegio de sentirse en paz y dueño de nada.
Costo que me durmiera, muchos seguían dando vueltas por la exitación de estar allí y producto de las bromas. Además mi bolsa de pluma de duvet hacía que no encontrara la temperatura adecuada para dormirme, tenía mucho calor. No sé cuanto es lo que dormí pero lo que sí sabía es que me tenía que levantar porque mi objetivo era escalar el gigante de 3600 mt snm que me había mirado desafiante durante años antes y todo el día anterior.
Era un fuerte magnetismo, así que sin sentir el mínimo cansancio, me levante sin hacer ruido, quería fugarme sólo. Fuí a la cocina de la escuelita de Acoyte, herví agua y desayuné un café con leche con panecillos caceros con un cierto gusto a anís. Luego busqué en el depósito algo que llevarme para comer durante el ascenso y encontré pan cacero, latas de paté y un salamín casero. Me procuré dos litros de agua mineral, cargué todo en la mochila, me calcé las botas y me aseguré tener carga en el pack del handy que llevaba. El otro intercomunicador se lo dejé a Carlitos uno de los que viajaba con migo en el rol de mayor acompañanate, personaje éste, del que yá escucharán en muchas de estas narraciones.
Así salí de la escuela, no recuerdo pero serían las 8:00 u 8:15 am. Bajé hasta el rio de Acoyte y ahí me saque las botas para cruzar los dos o tres brazos que se separaban en todo el ancho del lecho y que en verano se llena de banda a banda. Crucé el rio y avancé entre la colada de la quebrada que justo está frente a la escuela y que me llevaba al filo que comenzaba a subir el gigante de Acoyte. Seguí por la quebrada hasta que encontré una picada que subía al filo del cerrro, empezó mi ascenso.La pendiente era continua, podría decir que en casi 35°. Por suerte tenía mis bastones, ellos siempre me acompañaron desde mis primeras ascenciones al Lanin, al Aconcagua y a muchas otras montañas en esta zona. Luego de casi una hora de ascenso decidí hacer mi primer descanso a la sombra de un arbusto, eran como las 9:30 y el sol ya empezaba a pegar. Me hidraté un poco y seguí. Subí hasta un filo y montandome sobre el mismo seguí sobre él en dirección norte, caminando hasta que encontre una pirca y una casita típica de la zona; adobe y paja.
Alli la ví, sentada en el umbral de la puerta de su casa sobre un cajoncito de madera mullido por un cuero de cabra. "Buenas...", salude. "Buenas...", contestó. Era Dionisia Tolaba. Transcribir nuestra conversación sería dificil porque hablaba un castellano entremezclado con quechua, tal que, si me costó entenderle algunas cosas, imposible sería poder transcribir literalmente y en este dialecto toda la conversación. Dionisia era una mujer que aprentaba unos setenta y pico de años sin embargo me admiró saber que no pasaba de los cincuenta, rastro de como la vida desgasta en estos lugares a quienes deben sobrevivirla.
Dionisia vivia sóla en ese paraje desde hacía mas de treinta años, época en que quedó viuda. Sóla a 2975 mt snm, a mas de dos horas y media caminando en ascenso desde la Escuela de Acoyte (el lugar mas cercano con población estable) y a mas de cuatro horas del pueblo cabecera , Santa Victoria Oeste. Me sorprendió como podía sobrevivir en ese lugar sola y en esas condiciones. Lo primero que le pregunté luego de saber cuanto hacía que vivia ahí, fue "...¿porque tanto tiempo sola y en ese lugar?". La respuesta fue inesperada pero simple; "desde aquí puedo ver todo lo que pasa y quien viene...". Nada mas convincente.
Estaba masticando hojas de coca haciendo el típico acuyico, macerándola con bicarbonato. Me ofrfeció y acepté. Ya después de tantos viajes, me acostumbré a este amargo sabor que les permite a los originarios sobrevivir la vida en estos parajes. Me siguió contando su vida; se levantaba a las 5:00 am tomaba unos mates con pan casero y sacaba del corral de pirca a las pocas cabras que tenía para pastar a mayor altura, casi cerca de la cumbre de el cerro que estaba intentando la cumbre ese día. Allí pasaba el día sin comer, engañando su estómago con las hojas de coca o a lo sumo con un poco de pan de días anteriores. Por la tarde regresaba los animales y se preparaba para una cena frugal, algo de caldo, charque y pan. Luego a dormir sobre un colchón y cueros.
Le pregunté si bajaba al pueblo o al rodeo de enfrente (Acoyte) y me dijo que no, que rara ves, que ni siquiera cuando estuvo fracturada de una pierna tres meses sin moverse había bajado. En esa situación la ayudó un bis nieto de 9 años que le traía comida y la ayudaba a moverse. Realmente no podía creer todo lo que escuchaba. Me contó: "....mis compañeros de día son el cerro, los animales y el viento", "........ellos me hablan" , "....las estrellas, la luna y los duendes son mi compania en la noche, ellos a veces no me dejan dormir y los perros ladran mucho cuando están cerca". Con todo esto creo que mi pregunta salió sola; "....¿y le gusta estar así?, ¿acá?". ".....Mi hjito, ¿no ves que estoy acá?". A pregunta tonta, respuesta simple, para que se entienda, ¿no?.
Ya estaba recuperado como para seguir subiendo y le pregunte datos como para asegurarme no perder la senda y las respuestas siguieron siendo contundentes, tal que, me hicieron sentirme ridículo por preguntar. "....se sube por todos lados, eso sí!, no se equiboque al bajar....." respondió a mis preguntas. Para qué lo habrá vaticinado, creo que desde esa vez siempre subo y siempre bajo pero por otro lado, aún con el instrumento de orientación mas sofisticado. Cuando me iba me pidió si le hacia un favor. "Por supuesto que sí....", contesté, "...¿que necesita?". Me alcanzó una botellita plástica de una gaseosa con "chicha" y me dijo "....cuando llegue arriba, haga un pozito en la tierra, tome un trago y escupa adentro. Pida lo que quiera y agradezca por mí a la pachamama" . Tomé la botelita, asentí con la cabeza, la saludé con la mano y le pedí si nos sacabamos una foto. Puse la cámara en automático y lo hice. Como muchas otras veces me ocurrió con otras personas de la zona, me pidió que si al año subía de nuevo, le llevara la foto. "...por supuesto" le dije, sin saber que al año lamentablemente cuendo volviera a subir la casa de Dinisia estaría ahí, pero ella nó.
Ya había empezado a caminar hacia la cumbre y me dí vuelta para mirarla por úlima ves sin saberlo, y casi sin pensar, sólo para intentar una forma de que no se sintiera tan sola le dije: ".... ¿necesita algo?, ¿quiere que para el año le traiga algo?". Tardó unos segundo en responderme y como acomodando su acuyiko, tomó aire y me respondió: "....nó mi hijo, no necesito nada, ¿no vés que tengo todo?, soy dueña de mi casa, de mis animales y de estar sola". Así dejé a doña Dionisia, sóla dueña de su propia soledad pero tranquila, en paz con ella.
Esa fue mi primera experiencia en el gigante de Acoyte, de allí en mas todos los años lo subo, sólo o con alguno a quien le quiero dar el privilegio de sentirse en paz y dueño de nada.
3 comentarios:
Indy... no se si te lo habia dicho, pero por las dudas si fué así te lo repito... muy linda, esta historia de "la dueña de la soledad"... espero que cuando puedas sigas, subiendo de estas experiencias para que personas como yo, que no tuvimos la posibilidad de vivir cosas así podamos compartir tus vivencias en sta victoria...
un beso
tu sobrina...
Indy estoy buscando desde hace meses a Dionisia Tolaba.
Creo que es la misma persona que el musicólogo Carlos Vega grabó cantando de niña en los años '50.
Podrías escribirme por favor a goolian@yahoo.com ? Mi nombre es Julián Polito soy músico.
Mil gracias.
Me emociono mucho,es una historia hermosa,gracias por compartir estos momentos únicos con nosotros. Tomo esta frase para llevarla con migo siempre: "....se sube por todos lados, eso sí!, no se equiboque al bajar.....". <3
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